Flor, Teléfono , Muchacha-Fragmento

De tarde, solía pasearse —o mejor dicho, “deslizarse”—, ensimismada, entre las callecitas blan­cas del cementerio. Leía una inscripción, o no la leía, descubría una figura de angelito, una columna trunca, un águila; comparaba las tumbas ricas con las tumbas pobres, hacía cálculos sobre la edad de los difuntos, miraba retratos y medallones —sí, ha de haber sido esto lo que hacía, porque allí, decime, ¿qué más podía ha­cer?—. Quizá llegó a subir el cerro, donde está la parte nueva del cementerio, las tumbas más modestas. Debe de haber sido ahí donde, una tarde, recogió la flor-¿Qué flor?—Una flor cualquiera. Una margarita, por ejemplo. O un clavel. Para mí era una margarita, pero esto es puro pálpito, nunca lo averigüé. La tomó con ese ade­mán, vago y maquinal, que en ese caso todos hacemos, se la acercó a la nariz —como era de esperar, no tenía aroma—, después machucó la flor distraídamente y la arrojó hacia un costado, pensando en otra cosa.Tampoco sé si la muchacha tiró la margarita al pa­vimento del cementerio o al de la calle, de vuelta a su casa. Ella misma trató, más tarde, de esclarecer este punto, pero no pudo. Lo cierto es que ya estaba tran­quilamente en su casa desde hacía unos minutos, cuando sonó el teléfono. Ella lo atendió.

—Hola.—¿Qué es de la flor que sacaste de mi sepultura? La voz era distante, pausada, sorda. Pero la muchacha rió (…)

—Quiero la flor que me robaste. Dame mi florcita. ¿Era hombre? ¿Era mujer? Imposible adivinarlo por esa voz distante que, sin embargo, se hacía entender. La muchacha siguió su juego:

—Ya te he dicho: vení a buscarla.

—Sabes muy bien, hija mía, que yo no puedo buscar nada. Quiero mi flor y es tu obligación devolvérmela.

—Dame mi flor, te lo suplico-.Cortó. Pero al volver a su cuarto, ya no iba sola. Llevaba consigo la idea de aquella flor y de una voz camuflada, pero tan bien que no podía saberse si era de hombre o de mujer. Una voz extrañamente fría. Y llegaba de lejos, como de fuera de la ciudad. O de algún lugar más distante aún… ¿Te darás cuenta de que la muchacha ya empezaba a tener miedo?…

Drumond De Andrade

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