La tumba de Keats

 

A las puertas del corazón ante la luz prohibida

cerraré los ojos como si me hubiera muerto y clamaré por ti,

a los animales grises, a las rebosantes copas del bebedor más ávido,

a la niña clavada en la espina de su rosa y al pastor bizantino

preguntaré por ti,

al eterno profeta en su cabaña de nubes esmaltadas y piedras pensativas,

al árbol de la ciencia y a los frutos del mal preguntaré por ti.

He embalado mis pertenencias para un largo viaje,

me voy donde al creyente a un claustro de piedras lo llaman las campanas,

ya nunca será fácil regresar si es otoño y en el Tíber azulado hay gaviotas,

porque tú estarás ahí entre los pensamientos muertos

detenida entre las ramas, entre la broza quieta, música sin alma,

porque tú estarás ahí y nadie al pasar sobre los puentes

se detendrá un instante para verte,

nadie te mirará, nadie al sonreír con otro estará pensando en ti,

y tú mi única defensa, mi boca con lumbre vencida por lo adverso,

desaparecerás del mundo y de las cosas que dieron sentido

a la belleza del mundo,

desaparecerás por un día y otro día y luego desaparecerás para siempre

y yo ya no sabré dónde buscarte y yo ya no sabré dónde saberte,

bajaré a encontrarte en los canales, removeré las piedras,

iré a las raíces de los árboles,

regresaré sin ti de los agitados torbellinos, dormiré solo en los templos,

no fuimos los que huyen, no espejo de uno frente a otro en el combate,

ausentes entre aquéllos, acaso los felices, fuimos los que existen.

 

Juan Carlos Mestre

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